Novedades Infantil y Juvenil (2)

 

Un punto gris da la señal de partida a un montón de juegos de colores. ¿Qué pasa si se aprieta ese punto? ¿Y si apoyamos la mano sobre un montón de puntos de colores? ¿O si mezclamos el rojo y el azul? ¿Y si el libro se agita, se inclina, se cierra y se abre? ¡Magia! Eso es lo que pasa… 

1 – 3 años

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Hay muchas cosas que me gustan del colegio: tener amigos, llevarme bien con mis compañeros y profesores, y aprender muchas cosas nuevas. Este libro trata el hábito diario de ir al colegio desde un punto de vista positivo para el niño. Al final del libro hay una nota informativa para padres.


3 – 6 años

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Ha sido un accidente, lo prometo: yo no quería mojar el libro. El libro que no es un libro. Y tampoco quería leerlo, en serio. Eso también ha sido un accidente. El caso es que quien lo ha escrito tiene un problema bien gordo... ¿Y ahora qué hacemos?

8 – 10 años

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Novedades Infantil y Juvenil (1)

 


Un original libro de cartón para aprender cómo es un día en el cole en inglés.

3- 6 años

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Jack y Annie son dos hermanos que viven en Pennsylvania. Un día, de paseo por el bosque ven una escalera que sube a una casa situada en lo alto de un árbol. Movidos por la curiosidad trepan hasta la cabaña y, asombrados, comprueban que está llena de libros...


6 – 8 años



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Había una vez un acuario y sus habitantes, todos iguales, todos distintos. Un mundo pequeño, pero con problemas, donde transcurre esta historia sencilla y bien escrita sobre diferencias, prejuicios, ayuda... Un cuento ilustrado y de éxito bien conocido entre los más jóvenes.


6 – 8 años


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Un espacio más en la Biblioteca Municipal

Desde hace unos meses, la Biblioteca Municipal cuenta con un Depósito General en el que se custodia, debidamente ordenado y clasificado, buena parte del material que antes se encontraba disperso y sin catalogar en cajas y armarios.

Aunque aún queda mucho trabajo de catalogación, ordenación y expurgo, el nuevo depósito supone un avance importante en el proyecto de mejoras de nuestra modesta biblioteca emprendido desde el primer momento por la Concejalía de Cultura.





Nueva Sala de Lectura Infantil y Juvenil en la Biblioteca Municipal

    Desde hace unos días, nuestra torre de libros cuenta con una nueva dependencia, la Sala de Lectura Infantil y Juvenil, instalada en el espacio acristalado del pasillo de la primera planta que da acceso a la Sala de Lectura general.


   El acondicionamiento, realizado con presupuesto a cargo de la Concejalía de Cultura, Educación, Biblioteca y Juventud, ha consistido, primero, en la retirada de los armarios que cubrían tres paredes de la sala, limpieza, pintura y colocación de tres lienzos de estanterías nuevas, en las que se han ordenado los libros con un código de colores según edades. El mobiliario actual, compuesto por dos grandes mesas de trabajo, se completará con unas mesas y sillas para l@s más pequeñ@s.


    La ambientación de la sala ha sido obra de Luis Blanco, que ha habilitado parte de una pared como pizarra donde niños y niñas puedan dar rienda suelta a su imaginación con tizas de colores, y que ha sabido aprovechar la pared de cristal para ilustrarla bellamente con motivos del libro El principito



    





Una torre de libros algo más espaciosa


Desde ayer, nuestra Biblioteca Municipal cuenta con un nuevo espacio destinado a depósito de libros. Esta nueva sala descongestionará la actual Sala de Lectura, donde, literalmente, no cabía un libro más.


Esta ampliación forma parte del proyecto, iniciado a comienzos del verano pasado, de reestructuración, catalogación digital de todo el fondo bibliográfico y expurgo de ejemplares deteriorados de nuestra Biblioteca.


Quedan, por tanto, unas semanas de mudanza y trasiego, de limpieza de estanterías y reubicación de libros. 
Pedimos por anticipado disculpas a l@s usuari@s de la biblioteca por las molestias.


Si el corazón pensara dejaría de latir


Ahora sabemos que el capitán Alegría eligió su propia muerte a ciegas, sin mirar el rostro furibundo del futuro que aguarda a las vidas trazadas al contrario. Eligió entremorir sin pasiones ni aspavientos, sin levantar la voz más allá del momento en que cruzó el campo de batalla, con las manos levantadas lo necesario para no parecer implorante y, ante un enemigo incrédulo, gritar una y otra vez «¡Soy un rendido!».
Bajo un aire tibio, transparente como un aroma, Madrid nocheaba en un silencio melancólico alterado sólo por el estallido apagado de los obuses cayendo sobre la ciudad con una cadencia litúrgica, no bélica. «Soy un rendido.» Durante dos o tres noches, nos consta, el capitán Alegría estuvo definiendo este momento. Es probable que se negara a decir «me rindo» porque esa frase respondería a algo congelado en un instante cuando la verdad es que él se había ido rindiendo poco a poco. Primero se rindió, después se entregó al enemigo. Cuando tuvo oportunidad de hablar de ello, definió su gesto como una victoria al revés. «Aunque todas las guerras se pagan con los muertos, hace tiempo que luchamos por usura. Tendremos que elegir entre ganar una guerra o conquistar un cementerio», concluía en una carta que escribió a su novia Inés en enero de 1938. Ahora sabemos que él, sin saberlo, había rechazado de antemano ambas opciones.
Sabiendo ahora lo que sabemos de Carlos Alegría, podemos afirmar que durante el tránsito entre las dos trincheras sólo escuchó el alboroto de su pánico. Todos los ruidos, todas las explosiones, todos los gritos, fueron absorbidos por el silencio de la noche. Madrid estaba al fondo como un escenario, salpicando la tibieza del aire con los perfiles de una ciudad apagada que la luna dibujaba a su pesar. Madrid se agazapaba.
Así comenzó la derrota del capitán Alegría. Durante tres largos años había observado a ese enemigo desarrapado y paisano, resignado a que otro ejército, el suyo, anonadara esa ciudad inmóvil, silenciosa, que había trazado sus límites al azar, tras unas trincheras desde las que hacía tiempo nadie esperaba un ataque. «La violencia y el dolor, la rabia y la debilidad, se amalgaman con el tiempo en una religión de supervivencias, en un ritual de esperas donde entonan la misma salmodia el que mata y el que muere, la víctima y su verdugo; ya sólo se habla la lengua de la espada o el idioma de la herida», escribió Alegría a su profesor de Derecho Natural en Salamanca dos meses antes de rendirse al enemigo.
Tres años dedicado a la intendencia con el rigor maniático del agrimensor, con la intransigencia del hijo único, para que nadie obtuviera un proyectil sin la orden oportuna ni a nadie le faltara el rancho para seguir combatiendo. Fueron también tres años escrutando la derrota con los prismáticos verdosos que su centro de Intendencia distribuía regularmente entre los estrategas de la guerra, entre los observadores del combate, entre los curiosos de la muerte. Los horrores que no vio se los habían contado.
Desde su adarve, observaba al enemigo, le veía ir y venir de la oficina al frente, del frente al taller, del ejército a la familia, de la rutina a la muerte. Al principio pensó que era un ejército sin alma de ejército y que por ello debería ser vencido. Con el tiempo, llegó a la conclusión —y así lo reflejó en sus cartas— de que era un ejército civil, «que es lo mismo que ser un ave subterránea o una alimaña angélica». Finalmente, viéndoles guerrear como quien ayuda al vecino a cuidar a un familiar enfermo, la idea de que eran hombres nacidos para la derrota convirtió a aquellos milicianos en un inventario de cadáveres. Siempre lleva las de perder el que más muertos sepulta.
La primera vez que el capitán Alegría estuvo cerca del riesgo fue, precisamente, el día que comienza esta historia. Su decisión no fue la de unirse al enemigo sino rendirse, entregarse prisionero. Un desertor es un enemigo que ha dejado de serlo; un rendido es un enemigo derrotado, pero sigue siendo un enemigo. Alegría insistió varias veces sobre ello cuando fue acusado de traición. Pero eso ocurrió más tarde.
En una confidencia inoportuna que días más tarde utilizaría el fiscal militar para pedir su muerte con ignominia, Alegría confesó a un suboficial intachable que los defensores de la República hubieran humillado más al ejército de Franco rindiéndose el primer día de la guerra que resistiendo tenazmente, porque cada muerto de esa guerra, fuera del bando que fuera, había servido sólo para glorificar al que mataba. Sin muertos, dijo, no habría gloria, y sin gloria, sólo habría derrotados.
Aunque se unió al ejército sublevado en julio de 1936, al principio estuvo bajo la indecisión de sus mandos, que no veían en aquel alférez provisional las cualidades de un guerrero y que destinaron finalmente a Intendencia, donde su rectitud y su formación serían más útiles que en el campo de batalla. Sin embargo, sabemos por los comentarios a sus compañeros de armas que un cansancio sumergido y el pasar de los muertos le transformó, según sus propias palabras, en un vivo rutinario. Aun así, a finales de 1938, fue ascendido al grado de capitán para premiar su celo.

Alberto Méndez, Los girasoles ciegos (2004)


Elegía I

Mi alma es casi dichosa y casi triste
porque el cielo es el mismo cielo de nuestra dicha
y el amor que me inspira,
ay, es el mismo amor de aquellos días.

Y por eso mi alma, triste y dichosa a un tiempo,
es igual que una virgen embriagada
o una antigua bacante
que ríe y llora ebria en las colinas,
y está loca de vientos y de lunas,
de soles y de pinos y de altura,
y llora y ríe sin saber qué hace
y sus pies en las flores despiertan leve música
y el torrente acompaña sus éxtasis salvajes
y el crepúsculo besa sus mejillas
y la creación resuena a su voz amorosa
y le responde con ardientes ecos,
y a través de la sombra
con sus astros lejanos le contestan los cielos.

Así, mi alma no sabe qué dice ni qué calla
y está casi dichosa y casi triste
y sin saber por qué llora y sonríe
y canta y se lamenta,
y va como una virgen destrenzada y desnuda
por valles y montañas,
y los pastores huyen a su paso
y las mozas se ocultan para verla,
y su fervor por todo es tan divino,
y su amor tan ardiente
que nadie lo comparte,
y por eso va sola
por las verdes colinas y las montañas grises,
sola, casi dichosa y casi triste.


Ricardo Molina, Elegías de Sandua